Por Luis González Fabra
Hace unos meses me invitaron a una escuela para dirigir unas palabras a un grupo de estudiantes con el propósito de motivarlos a descubrir el valor de la lectura. Lo que sigue es, en esencia, el mensaje que compartí con ellos.
Comencé con una pregunta muy sencilla: ¿recuerdas el último libro que leíste o la última historia que realmente te hizo pensar? Tal vez fue una novela, un cuento o incluso una publicación que encontraste en las redes sociales. Sea cual sea la respuesta, lo cierto es que cuando leemos entramos en un mundo donde podemos ser otros, vivir otras vidas y experimentar emociones diferentes. En ese proceso, aunque muchas veces no lo percibamos, algo dentro de nosotros cambia.
Leer puede transformar la vida. No es una afirmación vacía; es una convicción nacida de la experiencia. A mí, el hábito de la lectura me ha ayudado a comprender mejor el mundo y a entender a las personas. Leer no es una obligación, sino una oportunidad.
Cada vez que abrimos un libro, nuestra mente se expande. Las palabras se convierten en ventanas: unas nos llevan al pasado, otras nos permiten imaginar el futuro y muchas nos acercan al corazón de personas que jamás conoceremos. La lectura nos enseña a pensar, reflexionar e imaginar. Cuando acompañamos a un personaje que ama, sufre, lucha o fracasa, aprendemos también a comprender mejor los sentimientos humanos. Por eso, quien lee no solo adquiere conocimientos, sino que desarrolla empatía.
Vivimos tiempos en los que el mundo parece cada vez más acelerado, violento y superficial. En ese contexto, leer se convierte en un acto de resistencia. Es una manera de decir: “Quiero entender, no solo mirar”. Quien lee comprende mejor lo que escucha, se expresa con mayor claridad, amplía su vocabulario y fortalece su capacidad para argumentar y analizar la realidad.
La lectura fortalece el cerebro de la misma manera en que el ejercicio fortalece el cuerpo. Si quieres mejorar en la escuela y, más adelante, en la vida, comienza leyendo un poco cada día. No es necesario empezar con un libro extenso. Puede ser una historia breve, una biografía, una crónica o una buena noticia periodística. Lo importante es mantener vivo el hábito.
Pero existe un beneficio aún más profundo: leer nos hace libres. Un pueblo que lee no se deja manipular. Un joven que lee piensa por sí mismo. Y una mente que piensa difícilmente puede ser esclavizada. La lectura nos da herramientas para cuestionar, para no aceptar como verdad todo lo que escuchamos y para construir nuestros propios juicios.
Quienes leen no solo crecen como individuos; también contribuyen a formar una sociedad más justa, crítica y consciente. Además, leer no significa limitarse a un solo tipo de libro. Existen historias de amor, aventuras, misterio, deportes, ciencia, historia y muchos otros temas. Hay lecturas para todos los gustos. El secreto está en comenzar por aquello que realmente nos apasiona; después, el hábito hará el resto.
La historia nos ofrece ejemplos inspiradores. Juan Bosch comenzó leyendo libros prestados y llegó a convertirse en uno de los cuentistas más importantes de América Latina, además de una figura política de gran trascendencia. Julia Álvarez encontró en la lectura un puente entre culturas. Gabriel García Márquez leyó tanto que terminó creando Macondo, un lugar que hoy forma parte de la imaginación universal.
Leer es, en esencia, una de las formas más profundas de crecer. No exige riquezas ni privilegios; solo curiosidad y constancia. Cada página leída abre una puerta, despierta una idea y ofrece una nueva manera de mirar el mundo.
Por eso, más que una recomendación, quiero hacerles una invitación: lean. Lean para entender, para cuestionar, para imaginar y para ser más libres. Porque, al final, quien cultiva el hábito de la lectura no solo vive muchas historias, sino que aprende a vivir mejor la propia.
Quiero concluir con una frase que resume todo lo anterior:
“El que lee vive muchas vidas; el que no lee, apenas vive la suya.”


